
Cada año tiene una serie de citas obligadas. Navidad, Semana Santa, vacaciones de verano... a eso hay que unir las eventuales bodas, bautizos y comuniones que cada año, como es lógico caen en diferentes fechas. Son parte de la agenda, y por tanto, parte también de la rutina: vacaciones rutinarias, paradójico horror. Claro que también existe la alternativa de tomar esos días para hacer algo distinto, aprovechar para hacer un viaje con quien tu quieras o para perderse más allá de donde alcanza la cobertura de cualquier móvil. De hecho cada vez más gente aprovecha para huir del destino prefijado que por fecha nos depara el calendario. Ámsterdam, Praga o Londres fueron los destinos favoritos el año pasado durante la semana santa. Turismo protestante, podría decirse. Y sin embargo año tras año el religioso, como se empeñan en definir a la semana santa continúa presentando batalla. Algunos podrán pensar que el componente de fiesta tradicional pesa mucho en ciertos sectores, pero no termina de explicar que muchas ciudades del norte- León, Zamora, Valladolid...- donde la tradición está a años luz del arraigo del sur obtengan unos más que razonables beneficios gracias a las procesiones.
-Algo tendrá la semana santa-, pensé. Y precisamente movido por ese pensamiento aproveché el año pasado para hacer unas series. Y algo tiene, ciertamente... aunque no se si es suficiente para competir con los canales de Ámsterdam o con los individuos que pueblan Camden Town (dignos hijos de Enrique IV, por cierto)... y vosotros, ¿qué decís: merece la pena?












En fin...hablábamos de la parte más profunda de la Medina y allí es donde nos dirigimos. Desde las curtidurías, hogar de olores sin nombre que harían vomitar a una cabra, hasta los puestos de la zona alta en los que, si regateas bien puedes hacerte con la propia cabra por unos pocos dirhams, la medina es un auténtico espectáculo visual.
Los colores, la atmósfera surreal con que se vive en su interior y por supuesto sus propios habitantes... para cualquiera acostumbrado al ritmo monocromático y aséptico de las ciudades europeas entrar en Fez resulta un auténtico delirio, tanto de día como de noche; cuánto más si encima te gusta la fotografía...


